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¿Por qué nos gusta tanto Rigoletto?

Un ser deforme y desdichado obsesionado por una maldición. Verdi, y antes Víctor Hugo, crearon a uno de personajes más fascinantes de todo el repertorio operístico. Pero Rigoletto es mucho más que eso. 

24 de enero de 2017 - 01:00h. Programación

Puro teatro 

Rigoletto no es simplemente la historia de una maldición. Es también la perfecta construcción de un relato potente sobre la escena. Verdi era un gran hombre de teatro, y aquí lo demuestra presentándonos una gran historia sobre la opresión, sobre el desprecio del poderoso hacia el débil, y muy marcadamente sobre la violencia y dominación del hombre sobre la mujer. Temas que se presentan con valentía al público en 1851, año de su estreno, y que, casi 170 años después, siguen siendo tan actuales como capaces de conmover si se enmarcan en una obra genial. 

Música magistral. (Es Verdi)

Inspirado en ‘El rey se divierte’ de Víctor Hugo, Verdi rondaba la cuarentena cuando compuso Rigoletto, una edad crucial para todo ser humano: un momento de cambios y de madurez, algo que queda reflejado en la revolución de su propio estilo compositivo. Rigoletto es una de sus grandes aportaciones a la lírica. Una obra magistral. Lo tiene todo. Misterio, acción, personajes complejos y con una psicología tremendamente atractiva y teatral, a los que regala arias y dúos únicos. Es una pieza arrebatadora que acompaña perfectamente cada movimiento y cada devenir de la trama, a veces incluso anteponiéndose a ella, y que incluye además uno de los éxitos más pegadizos de la historia de la ópera: ‘La donna è mobile’, que entona en el último acto el Duque de Mantua (Celso Albelo).

Un drama que engancha

Rigoletto (Juan Jesús Rodríguez) es un personaje deformado y atormentado que, como si no le fuera suficiente con su propia naturaleza, recibe una maldición (del burlado Monterone, Ricardo Seguel) que el jorobado creeará hasta tal punto de hacer que se cumpla, el efecto pigmalión. Pura sugestión. En contraposición tenemos a su hija Gilda (Jessica Pratt), encarnación de la candidez, la dulzura y la inocencia. Ella está enamorada del patrón de Rigoletto, el déspota adinerado y machista a quien el bufón odia con todas sus fuerzas básicamente por un motivo: envidia su felicidad. El duque persigue y finalmente posee lo único bueno que le queda en vida a Rigoletto y por ello jura venganza. Y Gilda, como buena heroína en Verdi, solo encuentra su liberación a través de la muerte. 

La mujer, la verdadera damnificada de la trama, está representada en la obra por dos caracteres situados en extremos opuestos, porque si Gilda es la imagen de la virginidad, Maddalena (Alessandra Volpe) lo es de las pasiones más carnales. Seguramente su nombre no sea casual. En esta trama de amor filial y sobreprotección, de magistral y puro drama, no podemos olvidar que el propio Verdi perdió a sus dos hijos y a su mujer en un espacio de tiempo muy corto. Y mientras componía Rigoletto libraba un sonado conflicto con sus padres a causa de su relación con la Strepponi que nunca llegó a resolverse.

El final de la obra es trágico, no podía ser de otra forma. Rigoletto encarga el asesinato del duque a Sparafucile (Felipe Bou) pero nada sale como él esperaba. Teje de manera magistral una trampa en la que él mismo caerá. ¿La maldición se cumple? No. Lo hace la vida. Y nosotros, los espectadores, solo querremos abrazarle. 

Foto: Juan Jesús Rodríguez como Rigoletto en el ensayo general. Teatro Campoamor. Iván Martínez

 

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